
Emotiva, vehemente, espiritual, artística, de buen humor, llena de colores, muy alegre...así era mi tía Natacha.
Muy pocas personas, saben lo importante que es tener en la vida una Tía como la mía, cómo la Tía Natacha, que se quitaba los años, que tenía tres cédulas con fechas de nacimiento diferentes, que se colocaba flores alrededor del lóbulo izquiero de la oreja, que se delineaba mal los labios, pero que hacía el mejor arroz con zanahoria que he probado en mi vida; que cantaba "duerme, duerme, negrito" de Mercedes Sosa y caminaba por toda la casa con sus pies descalzos; sabía mucho de historia y también de geografía y tenía un gusto exquisito a la hora de escoger una pañoleta, para amarrar de forma estilizada alrededor de su cuello; nuestra relación iba mucho más allá de la consanguinidad que nos unía el hecho de ser familia, compartíamos mucho más que una misma cadena de ADN; mi Tía Natacha, ha sido la única Tía que ha llevado muy bien puesto su nombre, su perfil, su responsabilidad y su significado; fue buena amiga, compañera, consejera y guía, pero por encima de todo, fue mí Tía.
Nata, cómo la llamábamos de cariño, fue siempre fiel a sus principios, a sus creencias, a sus sentimientos...hasta el día que decidió partir.
Su delicadeza atraía, amaba el buen criterio, se obsesionaba con el misterio del más allá, buscaba la aprobación de todas sus premisas, a las que muchos no le hicimos caso...siempre siguió adelante con sus ideales, sin importarle mucho el qué dirán.
Se expresaba como una pensadora original y su manera de proceder era directa. Amaba la vida, la naturaleza, los animales; se enfrentaba con los vecinos cuando se daba cuenta que le estaban cortando una ramita a un árbol, le dolía como si fuera parte y extensión de su cuerpo; sufría con las tragedias de su pueblo, se lamentaba al ver la inequidad en la que se mueven los pobladores de esta tierra, tanto así, que a la media noche del 31 de diciembre, siempre se alejaba de la reunión familiar, para hacer una profunda meditación por su planeta tierra, ese al que tanto quería...
De ella aprendí tantas cosas, como el amor por los Ángeles; me enseñó a reconocer al mío: se llama Tara, y siempre me dijo "no la dejes sóla, acuérdate que ella siempre está ahí, al lado tuyo, esperando a que la tengas en cuenta, nunca te va a abandonar". Ahora pienso que la vida ha sido muy generosa conmigo, tengo una legión de ángeles que me cuidan desde las alturas, Mi tía, Mi mami y mi angelito de carne y hueso que se llama Jacobo, para que más...
Hoy, alguien que es mi hermana, mi amiga, mi pepita y mi compañera, me dijo que saliera y mirara al cielo, lo hice y vi en su grandeza, el amor que me tuvo mi Tía, Natacha, que partió de esta morada, para ser recordada como una mujer que vino para dejar huella, para enseñar a amarnos, para aprender a perdonar y para mostrarnos que una vida sin amor y sin espiritualidad es una vida vacía.
Hoy le doy las gracias a mi Tía Natacha, por haber hecho parte de mis días; por enseñarme tantas cosas y por haber dejado también, algunas de esas enseñanzas empezadas... muchas veces he mirado al cielo como hoy, para pedir sabiduría y explicación, pero hoy entiendo que lo que finalmente quería, es que buscara en mi interior y aprendiera a encontrar las respuestas.
Te amo Tía Natacha, sólo espero no haberte defraudado como sobrina...Descansa en paz.
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