
Estamos sentadas en la terraza del cuarto piso, del bloque 18, apartamento 402; nomenclatura que quedó grabada, a pesar de haber caminado otras tantas direcciones, pero que al final, no han tenido significado alguno.
Las piernas subidas sobre el muro de asfalto, la pijama sobre las rodillas, muy despeinadas, y bueno, eran las primeras horas de un sábado cualquiera y nos acabábamos de levantar.
El Samán enmarcaba nuestro cuadro vital, el sol apenas salía, pero chocaba de manera celestial sobre su rostro. Este es mi cuadro favorito de todos los días, salpicado de risas cálidas y olor a mamá. Su vida ha sido parte de todas mis etapas y espacios, y cómo no serlo, si ha sido el color rosa preferido en toda mi vida.
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